"En esta vorágine de mundo una fórmula de paz es Buscar la Belleza"
Ramón Trecet (Radio 3)
Mandala pintado por María
Moyano para May Reyes
A aquel individuo le debió parecer el dirigirme a él un atrevimiento.
Había aparcado en el extremo de un improvisado lugar, que en realidad estábamos creando los conductores, en la desesperación de no encontrar sitio.
Se había formado una cuña al abrigo de una bifurcación con una de las calles prohibidas. Aprovechando esto, se estaba aparcando prolongando el chaflán que formaba la casa, en una línea de coches que estiraba la longitud de ambas aceras.
No impedía el tráfico, ni los giros, pero según iban aumentando los coches era más evidente “la falta”.
Yo había aparcado ya casi al límite, era el 5º coche, y otro iba a constituir el 6º.
Cuando quitaba las llaves, al otro lado, habían dejado espacio libre por lo que avisé al conductor que estaba aparcando detrás de mí para que ocupara el hueco.
Me miró desde su cubículo con ironía (debió de pensar ¡una mujer regulando el tráfico!)
Salió del coche disparado y vino hacía mí como para que le explicara mejor lo que decía, pero no frenó en un espacio de cortesía, si no que invadió “sarcásticamente” mi espacio y su cuerpo quedó, en un gesto de poder, muy cerca del mío.
Aún percatándome de su velada, -o evidente-, amenaza no me moví un ápice y con aplomo le señale lo peligroso que quedaba con respecto al tráfico y que tenia hueco justo al otro lado.
Se alejó hasta su coche y me observó de lejos, a bocajarro preguntó:
-“¿A que Discoteca vas, o donde vas a bailar?
Esta pregunta relajó los ánimos, al menos a mí, y tal vez a la chica que le acompañaba, ya que acogió su “gracia” casi aliviada de que los tiros fueran en ese sentido.
Ella y yo intercambiamos varias miradas de reconocimiento en unos segundos.
- “Yo ya no voy a discotecas, ni a bailar (mentí) ¡no ves que soy mayor!.”
- “Yo también soy mayor!”
La chica me sonreía tímida como exculpándole, y aún en ascuas por su actitud.
De nuevo se me plantó delante y me pidió “pipas”:
- “Dame pipas, o eso que comes, que tengo mucho hambre”.
- No me quedan”, le mostré las manos, donde la piel de un panchito se escurrió al abrirla.
- “Solo voy a estar 2 minutos.”
- “Tú mismo”
En ese instante coches por su frente y su siniestra le evidenciaron que interrumpía y por fin decidió mover el coche.
Yo permanecí a la izquierda del mío, en el mismo sitio que había estado sin achicarme su actitud.
Ella ahora me hizo un gesto más explícito que decía: -“El es así”, pero también una mueca que afeaba su rostro y decía ¡cuidado!
Aparcó y se fueron.
Yo aún vigilaba perpleja a mi alrededor, porque había sido tenso el encuentro.
Perpleja me dejaba su actitud agresiva de macho, su rapidez en reaccionar ante una presa.
Efectivamente a los dos minutos les vi subir la calle y previniendo, me introduje en el coche e incluso puse las llaves.
Recorrí de un vistazo los sitios libres y disfracé mi alerta de posicionar mejor el coche.
Un “hasta luego” chulesco me llegó desde el suyo, que ni miré, en la búsqueda de espacio y atenta al tráfico que me rodeaba.
En ese momento mi hija apareció, adelantándose a la cita diez minutos, y con gran alivio borró instantáneamente el episodio, ya que habían partido; ella llenó el espacio con su agitación y energía.
Yo me dejé contagiar, temblando aún un poco por dentro.
Aquel día me di cuenta que a mi ego la adulación no le merecía la pena
© 2008 May Reyes - Todos los derechos reservados